...[Parte I] La señora Descalzi se disponía a proseguir cuando, subrayando sus palabras, tomó una harto espontánea decisión, se inclinó hacia Nicodemo, posó un beso sobre su frente, murmuró buenas noches y abandonó la habitación, la casa, el país y la vida de su hijo para siempre.
Pero antes de abandonar la casa, como buena madre que era, la por dos veces viuda Sra. Descalzi decidió hacer un último gesto por su pequeño. Imaginando con lágrimas en los ojos con cuánto cariño y ternura la recordaría en los años venideros, redactó una melodramática carta y la dejó caer sobre la mesa de la cocina con una clase y unos ademanes dignos de una representación de Hamlet.
En el orfanato, Nicodemo intuyó desde muy pronto que los seres humanos no eran lo suyo. No es que hubiese sido nunca especialmente comunicativo con los demás niños de su edad, pero en su interior empezó a agitarse un sutil de asco que más tardé llegó a definir de existencial. Los humanos. Esas criaturas apestosas. Porque los humanos podrán ser muchas cosas bonitas (con la correspondiente fuerza de voluntad y optimismo en el análisis), pero lo que no les falla nunca es la peste que desprenden. Y el ruido. Todos ellos, desde el mudo hasta el humano común de orfanato - y especialmente el humano común de orfanato-, parecía como que participaran en un concurso de escándalo. Todos capaces de cantidades destructivas de decibelios, de atormentar interminablemente con sus gritos, sus chillidos, sus berridos, aullidos, carcajadas, eructos, palmadas, toses, estornudos, mocos y flatulencias.
Permanecer en la compañía de humanos durante más de unas horas le producía un intenso dolor de cabeza que sólo remitía cuando se encerraba en el cuarto secreto o cuando se concentraba profundamente en el apellido de su madre. Descalzi. ¿Cómo era su nombre de pila? Lo había olvidado. La carta estaba firmada sólo con su apellido.
Nicodemo era pese a todo una persona popular en el orfanato. Muy popular. Quizás incluso la persona más popular del orfanato. Era conocido por todos por ser el niño cara de póker, el niño que nunca hablaba, el de mirada huraña, el que jamás participaba en una conversación, el extraño muchacho capaz de soportar cualquier dolor sin pestañear. Y es que Nicodemo era en verdad capaz de aguantar como nadie el dolor. El dolor era una molestia tan estúpida, injusta e incomprensible para él como los humanos que lo rodeaban. Era por ello que no le daba demasiada importancia. Tenía muy claro que llegaría el día en que jugara su carta maestra y se libraría de los dos problemas de un golpe. Tenía paciencia, muchísimo tiempo por delante y nada que perder. Y era perfectamente consciente de ello.
Como en todas las sociedades civilizadas de nuestra época, aquello que más nos atrae suele ser aquello que con más violencia escupe a la cara de la moral, las leyes y las buenas costumbres. Así era también en el orfanato. El juego por excelencia de la institución era el collejazo, prohibido explícitamente por los canosos. Los canosos eran los funcionarios encargados del buen funcionamiento del lugar, y el collejazo consistía en propinar un soberano collejazo a cara de póker cuando éste se dirigía al baño antes de acostarse. La cosa era así: Los mayores, aquellos a los que sólo faltaba un año para salir del orfanato, reunían a todos los pequeños en su dormitorio y atrancaban la puerta. Uno se quedaba siempre por fuera para avisar por si se acercaba un canoso. Los mayores echaban entonces a suertes mediante los dados -otro juego prohibido del orfanato- quién sería el soldado que cumpliría la misión. Todos los pequeños temblaban ante la perspectiva, y en ocasiones alguno llegó a cagarse encima del miedo. El soldado elegido -que curiosamente nunca era uno de los mayores- tenía que acercarse por detrás a cara de póker por el ancho pasillo al aire libre que conectaba el dormitorio de los pequeños con los baños, y sin ser visto, darle un golpe en la nuca tan fuerte que lo tirara al suelo. Cada vez que Nicodemo se estrellaba sonora y pesadamente contra el piso y se quedaba unos instantes allí, como en pausa, los mayores y los pequeños sofocaban como podían sus carcajadas y corrían lejos de allí. Si no caía, el debilucho era apresado por los demás, que no tardaban en darle un castigo consistente en varias collejas, ser desnudado y echado con la ropa a la ducha de agua fría.
Pero ese minúsculo castigo no era nada comparado con lo que pasaba si al soldado lo pillaba un canoso y lo llevaba ante El Viejo. Aquella sí era una perspectiva terrible. El Viejo, conocido por ser el cacique y líder espiritual de todos los canosos, era un armario empotrado de más de dos metros de altura y unos brazos curtidos en las minas de carbón. Cien regletazos era el castigo por ser descubierto. Cien dolorosos regletazos que se quedaban como parásitos en tu culo para toda la vida.
Nicodemo nunca se quejaba. Hablar era una actividad demasiado insatisfactoria. Simplemente, no merecía la pena. Y por mucho que el psicólogo se esforzara por sonsacarle algo, una palabra, el más mínimo sonido, Nicodemo se quedaba en su silla y no decía esta boca es mía. Al principio sí. Las primeras veces, cuando todavía hablaba, decía que se había caído. Sentía cierta simpatía por aquél extravagante humano cuya única función en el mundo parecía ser jugar con él y cumplir todos sus deseos, así que le respondía cuando le preguntaba. Muchas veces le había preguntado: “Nicodemo, ¿qué quieres hacer?” y Nicodemo decía: “Oír el silencio”. Y los dos se quedaban callados largas horas, Nicodemo en su silla, quieto, sin hacer ni el más mínimo ruido, mirando siempre hacia abajo, y el psicólogo en progresivo ataque de nervios en el otro lado de la mesa, primero tomando notas, mordiéndose las uñas después, golpeando rítmicamente la mesa con la tapa de su estilográfica hasta que, tras un sonoro y largo suspiro, le decía: “Nicodemo, puedes irte”. Y Nicodemo se iba. Con la cabeza baja, y sin hacer ni un solo sonido.
Verdaderamente, Nicodemo llegó a cogerle algo parecido al cariño al humano aquél. Disfrutaba en el silencio del cuarto, se maravillaba ante la perspectiva de que un humano aguantara callado tantísimo tiempo.
Pero una tarde, la paciencia del psicólogo llegó a su fin antes de lo normal, y entre miradas nerviosas destrozó el precioso silencio que los rodeaba diciendo:
-Ahora entiendo por qué te llaman cara de póker.
Nicodemo levantó la vista entre asombrado e indiferente y dijo “ahm”. Se arrepintió inmediatamente.
Y esa fue la última palabra que pronunciaron sus labios.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

10 comentarios:
Y AHORA HAY QUE ESPERAR OTRO MES Y MEDIO???? AAAAGGGGGHHHH
lo que haga falta :3
Jeje me recuerda a alguien..
wow.. genialísimo!..
la 3ra parte!! la 3ra parte!! [la multitud te aclamaa]
esperaré con ansias :)
Maybe i'll convince my friend to change her mind...onestly i hope so...:P
Today i'm so nervous that i stayed at home...which is so rare from me!!! Tomorrow there is my team playing a difficult match, the tv will be here, maybe they'll shoot my banner!!! i wish so :)
anyway see ya soon...and yes i thought of create a blog on blogspot...but i amnearly able to handle with one...what would i do with two??? xd
baci baci spia!!!
Espero que no nos hagas esperar tantisimo tiempo para poder deleitarnos con la tercera parte...yo quiero saber que pasa!!! *.*
un (K) en la nariz :P
Observo una ligera fusión Jean-Piqas :P
me equivoco?¿?¿
...pero me encanta ^^
Anonima: Paciencia, querida, que es la madre de la ciencia
Aliengirl: Que mona =)
Andrea: Weeeee!!!!!!!!!! jajaja :D Thanks!
Marci: Lots of luck! By the time, you should have already won, though!
Libelle: Otro pa ti :)
SmilegirL: Jean-Piqas??? Baptiste?? En serio ?? :P Y donde?
jejeje ese mismito, el amo del mundo más efímero... yo lo veo en todo el texto chico, no sé, es que me recuerda a los dos pero mezclados :P
...no lo hiciste a propósito?¿?¿
Lo juro por las bragas de Mafalda que no xD
De hecho, sigo sin ver el parecido...
pos será que me lo invento... pero me recuerda, te lo juro por la colita de Snoopy :D
Es por el hecho de ser diferente, el que no tenga expresines de sentimientos,estar en un horfanato y ser el niño raro,.... no sé, me recuerda :P
Publicar un comentario en la entrada